Apropiación fotográfica.


(Anónimo, Salta Capital, Salta, 26 de Diciembre de 1991)





                Viviendo en el que una vez fue mi hogar de familia, lo que deberían sobrar son recuerdos. Por alguna razón, aquellos que sí tengo grabados todavía en la cabeza, no son más que los que puedo contar con ambas manos. Apenas. Lo que definitivamente sobran, casi de forma irónica, son fotografías: como si tratase de compensar por esos pocos recuerdos aislados que conseguí hacer en esta casa, las fotografías que me presta me hablan de memorias ajenas; planes de familia, lunas de miel compartidas, reuniones logradas y sonrisas robadas. Álbumes llenos y rollos nunca revelados se esconden en cajas amontonadas, cerradas y selladas desde hace ya más de diez años sin tocar, atrapadas en un plan de mudanza frustrado. Polvo sobre toda superficie. El viejo armario que al final nunca se desmontó, ya que nunca se terminó de vaciar, fue rellenado a las apuradas con más cajas y atados de libros que hubo que reubicar en un intento de devolverle al lugar un carácter más cálido y habitable.
                Las primeras semanas viviendo por mi cuenta en esta casa, sin cable, sin wifi ni 3G, casi sin señal y definitivamente sin compañía, me entretuve rebuscando en estas cajas y revolviendo álbum tras álbum de fotos de las aventuras de mis padres antes de nuestro tiempo -el mío y el de mis dos hermanas mayores. Sus familias, sus viajes, sus amigos, sus mudanzas, sus logros, su casamiento, su embarazo. A partir de este punto en el tiempo, los álbumes que le siguen cambian de dinámica. Siguen a mi hermana mayor por varios álbumes más, luego unos pocos acompañan a la del medio. Para cuando llegué yo, pareciera que los viajes, los amigos y las mudanzas habían cesado, y las prioridades cambiado. Me encontré en un par de álbumes más adelante, pero no llegaban a ser tres. Supongo que debo de protagonizar algunos de esos rollos sin revelar que desenterré de las cajas, envueltos en los viejos sobres de Kodak. Los que le siguen se los encuentra ya de forma digital en la viejísima Compaq compartida de mis padres, que conseguí hacer funcionar lo suficiente como para sacar unas cuantas carpetas con fotos para ver más adelante.

                La idea con todo este alegato era más que nada para, de alguna manera, subrayar el hecho de que, definitivamente, tenía fotos para elegir. Demasiadas. Todas con sus historias y anécdotas. Es más: ni bien se dio la consigna del trabajo, inmediatamente se me vinieron a la cabeza un sinfín de fotos como posibles candidatos. Resaltaba una serie que se encontraba en el álbum del casamiento de mis padres, en la que se puede ver a mi abuelo enojado durante toda la ceremonia por iglesia. Ya había preguntado el “por qué”, ya conocía las anécdotas detrás de esa serie. Pretendía que una de esas fuera LA foto a elegir.
                Pero buscándola en esta ocasión, me sorprendí volviendo para atrás a una foto del casamiento por civil. Volvía una y otra vez a esa foto, que no me decía mucho. Enojada me obligaba a seguir buscando, pues ya no me alcanzaba una foto de la serie del casamiento por iglesia; no dejaba de pensar en lo poco que produciría en algún tercero. Abrí nuevas cajas, revisé agendas viejas, encontré fotos olvidadas, collages simpáticos en cartas a mano que se mandaban mis padres, encontré relatos de viejas historias de nuestros primeros años que mi mamá mandaba en largas cartas. Así  me entretuve un buen rato otra vez. Pero, insatisfecha, volvía a esta foto del casamiento por civil.  
                
                Todavía no termino de entender qué fue lo que la convirtió en la indiscutible elegida para el trabajo. Tal vez sea la sombra que hace la nariz de mi padre en el rostro de mi madre; o el rastro de una sonrisa relajada por parte de mi madre; o puede ser el arroz en la cabeza y ropa de mi padre, que a un vistazo rápido puede parecer nieve; el hecho de que los invitados se mueven hacia la calle distraídamente, sin prestarles mucha atención, regalándoles un momento privado. Será la nitidez con la que se distinguen mis padres del resto de la gente que hace que parezcan colados, agregados a una fotografía de gente caminando hacia la calle con sus paraguas en alto. Pero, de hecho, pareciera que fueron agregados a la foto de forma separada.
                Ese es un buen punto a explotar a la hora de intervenir. Los haría viajar, por separado o juntos, a diferentes lugares y situaciones, hasta encontrar un fondo con el que armonicen más.

Supongo y espero que al mismo momento de intervenir, una vez ya aclaradas mis inquietudes, estas cuestiones en cuanto a cómo proceder sobre la imagen estén más definidas en mi cabeza.

*******

                Cuando me encontré con la foto por primera vez, la situación en la que estaba (tanto el espacio en el que se encontraba el álbum como la accesibilidad que se tenía al mismo) era completamente diferente. Había cajas y más cajas apiladas obstruyendo el paso hacia el armario viejo, muebles impidiendo abrir las puertas, y a su vez un exceso de contenidos varios que impedían que las mismas se cerrasen. A pesar de encontrarse en una habitación grande, esta se hallaba de tal manera que se sentía sofocante asomarse por la puerta, y claustrofóbico aventurarse dentro del cuarto. Y, claro que hay que sumar que hasta ese momento la luz de techo de la habitación había estado sin funcionar desde antes de pensar en una mudanza.


                En la foto original se pueden ver a estas dos personas en un plano medio, relativamente centrados en el encuadre. Se ve perfectamente que son ellos los que protagonizan el momento que se pretendió capturar, aun teniendo aquel gentío por detrás que parece avanzar a un ritmo más acelerado; de ahí a que estos personajes en cualidad de protagonistas se vean con mayor nitidez yuxtapuestos a aquella corriente de personas que, debido al mismo movimiento unidireccional y dinámico, se vean desenfocados y pasen a un indiscutible segundo plano.
                Esta clara distinción entre los planos, entre los protagonistas estáticos y el paso de la gente, de alguna manera, marca una distancia interesante entre ambos grupos. Este par inicial parece aislado del grupo de atrás en más de un sentido: además de un aislamiento visible con respecto al entorno, su atención conjunta está puesta en otro objetivo, que al igual que aquel que mueve a la gente, está ubicado fuera del encuadre, pero a una distancia más íntima.
                Esta imagen instiga (en mi) una sensación de quietud y calma momentánea, una soledad en compañía, disociado de un contexto agobiante y atropellado, casi como si se encontrasen solos entre murmullos de una multitud, la sugerencia de una presión latente amortiguada por esa misma distancia figurativa que los separa del gentío ansioso a sus espaldas.


                Mi primer impulso a la hora de intervenir fue sacarlos de esa multitud que muy rápidamente empezó a sentirse fría y agobiante - para mí -, salvarlos de ese contexto ensordecedor. A partir de entonces empecé a pensar en “a dónde” llevarlos, algún lugar más tranquilo, vacío e íntimo. Un callejón acogedor y festivo, una esquina de ciudad en plena nevada, calles vacías a tardías horas de la noche.. pero no se sentía correcto. Lo que me producían esos intentos era una sensación de vacío diferente, lánguida y triste. Casi se podía escuchar el eco melancólico de sus zapatos al caminar, tímida pero decididamente, incómodos ante la idea de interrumpir el silencio por más tiempo del necesario. 

                Empecé a buscar diferentes formas de intervenir, con una idea muy abstracta en la cabeza de qué era lo que NO quería que fuera el resultado final. Y al mismo tiempo que lograba finalmente llegar a un acuerdo tácito con la foto y lo que quería de ella, el trabajo prácticamente se hizo solo: 

                        Un Momento Solos.

          Buscaba lugares donde llevarlos para distanciarlos físicamente del contexto abrumador con el que coexistían, pero esa distancia ya existía, ellos ya se encontraban en otro lugar, solos. Lo que traté de hacer fue, de alguna manera, resaltar esa distancia figurativa entre el contexto y los protagonistas. Quise ahogar el gentío ansioso y frío, como si los metiese en una pecera ubicada detrás de la pareja, que no necesita realmente recluirse para estar en un lugar feliz e intimo. Tomando partes de lo que ya estaba en el segundo plano, como los árboles y el paraguas, en tonos más cálidos, y los re-ubiqué en el primer plano con la pareja, también más cálida.
          Muestra ese lugar feliz e intimo (hasta soleado) dentro de aquel frío en el que físicamente se encontraban. El paraguas se convirtió en sombrilla, la copas de los árboles en arbustos reflejando el sol, la pareja ahora disfruta de un paseo de verano en un parque tranquilo, brisas leves.. hasta podía escuchar pájaros cantar. Por un momento, fueron transportados fuera de sí, juntos, mientras una parte de ellos, mecánica, seguía enfrentándose a la realidad. Unos minutos para respirar y pensar de a dos, y disfrutar de sus planes a futuro y del calor de la emoción por lo hecho y por lo que vendrá.







Comentarios

Entradas populares